De heridas, sentimientos y resentimientos


Hace unas semanas fui invitado a participar en una reunión con mis antiguos compañeros del futbol americano infantil. La propuesta surgió como fruto de esas relaciones reconectadas que hacemos por medio de las redes sociales, en especial del Facebook, y generó una grata ilusión de encontrame con los amigos de una época que marcó mi vida con la disciplina deportiva, por lo cual no dudé en apuntarme para tal evento. Sin embargo, al tiempo en que la cita se acercaba e iban confirmando asistencia los antiguos compañeros, me enteré que quienes asistirían serían aquellos que en su momento no formaron parte de mis amigos incondicionales, y eso me empezó a desilusionar, pues vinieron a mi mente los recuerdos de los conflictos y antipatías de aquel momento. Y como por arte de magia, también emergieron una serie de sentimientos negativos hacia cada uno de ellos. Fue como si regresara en un viaje por el tiempo y mi persona se encontrara nuevamente a la edad de 12 años. Entonces ocurrió una transformación que me llevó de ser un adulto que puede dar orientación emocional, a un puberto atrapado en remolinos de inmadurez y victimismo; entonces me di cuenta que no quería ir a la reunión, porque durante 40 años había albergado una gran cantidad de resentimiento hacia aquellos niños –y hoy adultos- que me maltrataron, minimizaron o se burlaron, sin darme el trato que consideraba apropiado para mi persona. El resentimiento es una especie de hipo emocional: surge de repente, es incómodo y no sabes cuándo desaparecerá. Específicamente, se trata de un enojo persistente y vengativo que sentimos hacia aquellas personas de quienes estamos convencidos que nos hicieron un daño; es un sentimiento de malestar que regurgita continuamente exigiendo una acción justiciera para lograr su liberación. El resentimiento se nutre de ver que el ofensor nunca mostró arrepentimiento ni vergüenza por lo que nos hizo, y busca que se ejecute alguna acción compensatoria en que el otro sufra de la misma manera que uno lo vivió. Lo peor de todo, es que el resentimiento nos hace asegurar que lo que nos hicieron fue hecho con toda la intencionalidad y maldad posible, y por ello nos colocamos en una posición de victimismo, eludiendo cualquier posible responsabilidad en el asunto, y buscando que algún otro se alíe con nosotros para ejecutar la justicia reparadora. Es muy común que la gente tenga resentimientos hacia los demás; continuamente nos enfrentamos a situaciones donde nuestras expectativas no son cumplidas, y lo que recibimos a cambio genera malestar y sensación de fragilidad. Podemos darnos cuenta que estamos resentidos hacia nuestros padres, hermanos, parejas, compañeros de trabajo, e incluso con uno mismo, simple y sencillamente porque las cosas no pasaron como creímos que debía ser, ni la persona en cuestión mostró pena o arrepentimiento por nuestro estado. Sin embargo, es un estado emocional pasivo en el cual decidimos mantenernos, puesto que esperamos que venga de afuera el rescate en nuestra indefensión, el castigo justiciero hacia el ofensor, y el arrepentimiento del mismo. Cuando no se es consciente de esta mecánica de pensamiento-sentimiento (porque lo que piensas sobre lo que sientes alimenta nuevos pensamientos y genera sentimientos reactivos) quedamos atrapados en una celda que tiene la llave por dentro, pero que nos negamos a reconocer porque exige una acción proactiva de nuestra parte para liberar el encierro en el dolor; es verdad que tú no eres responsable de lo que te pasó, pero si eres corresponsable de seguir manteniendo ese estado de victimización, porque a quien le corresponde sanar la herida es a ti mismo. Para salir del resentimiento hace falta trabajar en el perdón: hacia quien me hizo el supuesto daño (porque no reaccionamos a lo que nos pasa, sino a lo que creemos que nos pasó) y hacia uno mismo por no haber respondido de otra forma (denunciar, pedir ayuda o huir del maltrato) en aquel entonces. El resentimiento es tomarse un veneno esperando que sea el otro quien sufra el daño; el perdón, por el contrario, es un regalo hacia uno mismo, liberando al otro de la necesidad de que pague por el daño ocasionado. Trabajar en el presente sobre los resentimientos surgidos en el pasado consiste en aceptar que uno contaba con aquellas herramientas para lo que le alcanzaba emocionalmente en aquel momento, y que la otra persona, más que actuar con intencionalidad y malicia, lo hizo, por lo general, descuidadamente y en función de la poca o nula madurez alcanzada. Hoy tengo claro que el niño que fui hace 40 años sólo contaba con pocas herramientas emocionales para manejarse en aquellas circunstancias, y que esos chicos sólo actuaron con la inmadurez característica de los preadolescentes. También llego a la conclusión, que las personas adultas que hoy somos, no tenemos que seguir encadenados a comportamientos y resentimientos infantiles, a menos que elijamos voluntariamente sentir y actuar con inmadurez. 

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