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Cuando mamá y/o papá piden esquina: los efectos de la hipervigilancia

  • Foto del escritor: Recepcion Transpersonal
    Recepcion Transpersonal
  • hace 3 días
  • 3 min de lectura

Hay una diferencia enorme entre estar atento a nuestros hijos y vivir como si cada minuto trajera una catástrofe escondida. Cuidar implica mirar, acompañar, poner límites y estar disponible. Hipervigilar, en cambio, es mirar con el cuerpo entero en alarma, como si el mundo hubiera dejado de ser un lugar imperfecto para convertirse en una amenaza permanente. 

La hipervigilancia no es amor en exceso, aunque muchas veces se disfraza de eso. Tampoco es responsabilidad parental, ni prudencia, ni “estar al pendiente”. Es un sobreesfuerzo por controlar no solamente lo peligroso, sino cualquier situación que el adulto interpreta como peligrosa. A veces el riesgo existe. Otras veces, el peligro vive sobre todo en la percepción del adulto responsable, quien siente una necesidad extenuante de proteger a su hijo de una desgracia que parece inminente, aunque nadie más pueda verla. 

Entonces el niño corre, y el adulto no ve una carrera: ve una caída. El niño pregunta, y el adulto no escucha curiosidad: escucha riesgo. El niño se equivoca, y el adulto no encuentra aprendizaje: encuentra peligro. Poco a poco, la crianza se convierte en una sala de control donde mamá o papá intentan apagar incendios que todavía no empiezan. 

El problema es que ese sobreesfuerzo no solamente desgasta al adulto hasta el agotamiento; también desgasta la relación. El hijo deja de sentirse acompañado y empieza a sentirse observado. El adulto deja de disfrutar y empieza a supervisar. La convivencia pierde aire. Donde podía haber juego, aparece una advertencia. Donde podía haber confianza, aparece corrección. Donde podía haber ternura, aparece cansancio.

Y también se limita el desarrollo integral del pequeño. La sobreprotección puede restringir la autonomía, la toma de decisiones, la tolerancia a la frustración y la capacidad de resolver problemas cotidianos. Dicho de forma sencilla: si el adulto siempre se adelanta al tropiezo, el niño pierde oportunidades para descubrir que puede levantarse, reparar, intentar de nuevo y confiar en sus propios recursos. 

Lo más delicado es que la hipervigilancia suele estar contando una historia que no siempre se dice en voz alta. Detrás de tanta protección puede haber un trauma que se rehúsa a salir a la luz. Se esconde debajo del sofá, bajo el tapete, en esa esquina de la memoria donde nadie quiere mirar. Desde ahí asusta al padre o a la madre cada vez que el niño se aleja demasiado, se cae, se frustra, se enoja o quiere intentar algo por sí mismo. 

En términos más estratégicos: a veces el intento de solución se vuelve parte del problema. El adulto intenta calmar su miedo controlando más; al controlar más, el niño se siente menos capaz o más presionado; y al ver al niño inseguro, el adulto confirma que debe controlar todavía más. Así se forma un círculo que parece cuidado, pero funciona como una trampa. 

Por eso, iniciar un proceso de acompañamiento no tendría que ser el último recurso cuando ya no puedes más. También puede ser una decisión inteligente cuando crees que puedes mejorar, facilitarte la crianza y dejar de vivir al borde del caos. No hay que esperar a querer ser salvado de un incendio descontrolado. A veces basta con notar el humo, abrir una ventana y pedir que alguien te ayude a mirar de dónde viene. 

Porque cuando mamá o papá piden esquina, tal vez no están pidiendo rendirse. Tal vez están pidiendo recuperar aire. Y desde ahí, con menos miedo y más presencia, volver a mirar al hijo no como una catástrofe que hay que evitar, sino como una vida que necesita ser acompañada. 


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