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¿Quién eres cuando dejas de intentar ser quien deberías ser?

  • Foto del escritor: Recepcion Transpersonal
    Recepcion Transpersonal
  • hace 3 días
  • 3 min de lectura

En algún momento de la vida, la mayoría de las personas hemos dicho “sí” cuando en realidad queríamos decir “no”. Aceptamos compromisos que no deseamos, evitamos expresar nuestra opinión para no generar conflictos o dejamos nuestras necesidades en segundo plano con tal de

que los demás estén bien.

Ser amable, empático o colaborador no tiene nada de malo. El problema aparece cuando nuestra

 Desde pequeños aprendemos que existen maneras “correctas” de ser: comportarnos bien, tener buenas calificaciones, cumplir expectativas, ser exitosos, agradar, ser fuertes, no equivocarnos. Poco a poco podemos incorporar esas exigencias hasta convertirlas en una voz interna que constantemente nos dice: “deberías estar haciendo más”, “deberías poder”, “ya deberías haberlo superado”. 


El problema no está en tener metas o querer mejorar. El problema aparece cuando nuestro valor personal comienza a depender de cumplir esas expectativas. 

Y es que la  autoexigencia puede tener diferentes orígenes y no existe una sola causa, entre ellas encontramos:  


  1. Experiencias familiares.  En algunos contextos, el reconocimiento pudo estar condicionado al desempeño; recibir aprobación principalmente cuando se obtenían buenos resultados, cuando se obedecía o cuando se cumplían determinadas expectativas. 

Y entonces desde niños aprendemos: “Para sentirme querido, aceptado o suficiente, tengo que hacerlo bien.” 

2. Comparación social.  Las redes sociales y nuestro entorno pueden reforzar la idea de que los demás están avanzando más rápido: tienen mejores cuerpos, relaciones, trabajos, casas o vidas. Compararnos constantemente puede convertir nuestra vida en una evaluación permanente. 

3. Miedo al rechazo o al fracaso.  A veces exigirse demasiado funciona como una estrategia para evitar sentir emociones difíciles. Por ejemplo:  “Si lo hago perfecto, nadie podrá criticarme.” “Si siempre estoy disponible, nadie se irá.” “Si trabajo más, no voy a fracasar.” 

La exigencia entonces no solamente busca alcanzar algo; también intenta protegernos de aquello que tememos sentir. 

4. Creencias aprendidas.  Frases como “hay que echarle ganas”, “no seas flojo”, “tú puedes con todo” pueden convertirse en reglas internas cuando no existe espacio para reconocer nuestros límites. 


¿Cómo saber si la exigencia dejó de ser saludable? 

Una meta puede impulsarnos. La autoexigencia excesiva, en cambio, suele venir acompañada de culpa, miedo y sensación de insuficiencia. 

Algunas señales son: 

  • Sentir que nunca haces suficiente. 

  • Tener dificultad para descansar sin sentir culpa. 

  • Minimizar tus logros porque “podrías haberlo hecho mejor”. 

  • Compararte constantemente. 

  • Sentir que equivocarte significa fracasar. 

  • Tener dificultad para pedir ayuda. 

  • Ser mucho más comprensivo con los demás que contigo. 

  • Sentir que tienes que mantener una determinada imagen frente a los demás. 

  • Pensar frecuentemente en lo que “deberías estar haciendo”. 

Y algo importante: la persona autoexigente no necesariamente se percibe como exigente. Puede pensar simplemente que está siendo responsable, disciplinada o que “así tiene que ser”. 


Y ahora viene una pregunta muy importante;  ¿Qué pasa cuando vivimos desde el “debería”? 

 

Cuando nuestra experiencia real entra constantemente en conflicto con nuestras expectativas, podemos experimentar frustración, culpa, ansiedad, agotamiento y una sensación persistente de no ser suficientes. 

Desde una mirada humanista, esto puede entenderse como una pérdida de congruencia: existe una distancia entre lo que realmente experimentamos y aquello que creemos que deberíamos experimentar o ser. 

Por ejemplo: 

“Estoy cansada, pero debería poder con todo.” 

“Estoy triste, pero ya debería haberlo superado.” 

“No quiero hacer esto, pero debería querer hacerlo.” 

En lugar de escuchar la experiencia interna, intentamos corregirla. 

La solución no consiste en dejar de tener metas, volvernos conformistas o justificar cualquier conducta. 

Se trata de aprender a diferenciar entre crecer y rechazarnos. 

  1. Cambia el “debería” por una pregunta.  

En lugar de: 

“¿Qué debería estar haciendo?” 

pregúntate: 

“¿Qué necesito en este momento?” 

No siempre podremos hacer aquello que necesitamos inmediatamente, pero comenzar a

escucharlo ya modifica nuestra relación con nosotros mismos. 

2. Aprende a reconocer tus límites 

Tener límites no significa ser débil. 

El cansancio, la tristeza, el miedo o la necesidad de ayuda también forman parte de nuestra experiencia humana. 

Reconocerlos permite tomar decisiones más realistas. 

 

3. Separa tu valor de tu desempeño 

 

No eres más valioso cuando produces más. 

No eres menos valioso cuando cometes un error. 

Tu desempeño puede evaluarse; tu valor como persona no necesita estar en evaluación permanente. 

 

Y, ante todo esto, hay que empezar por tratarnos de manera diferente.  La autocompasión no significa dejar de responsabilizarnos. Significa poder responsabilizarnos sin convertir el error en un ataque contra nuestra propia identidad. 

Somos seres en constante construcción, capaces de cambiar, elegir, aprender y encontrar nuevas formas de relacionarnos con nuestra experiencia. 

 

  

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