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La sensación de no estar mal, pero tampoco bien

  • psicologo1tp
  • hace 12 minutos
  • 3 Min. de lectura

Hay momentos en los que, en apariencia, todo ya debería sentirse más tranquilo. Pasaron etapas demandantes, bajó el ritmo, se cerraron asuntos importantes. Y aun así, por dentro queda una sensación difícil de nombrar. No es tristeza clara, no es ansiedad intensa. Es una incomodidad persistente, como si algo no termina de encajar.

Muchas personas describen este estado como inquietud sin una causa evidente o cansancio que no se explica solo por lo que están haciendo ahora. Y entonces aparece la pregunta: “¿por qué sigo sintiéndome así?”. Esa pregunta, más que aclarar, suele aumentar el malestar, porque parte de la idea de que sentirse así implica que algo no está funcionando como debería.


Desde la psicología sabemos que los procesos internos no se ajustan al mismo ritmo que los eventos externos. La vida puede avanzar, pero la mente y el cuerpo necesitan más tiempo para acomodar lo vivido. Cuando una persona atraviesa períodos de exigencia, adaptación o presión sostenida, el sistema interno entra en un modo de funcionamiento orientado a sostener. Cuando la situación externa se calma, ese estado no se desactiva de inmediato, primero aparece el desgaste.


Por eso es común que, cuando “todo ya pasó”, aparezca una sensación incómoda. No es que algo nuevo está ocurriendo, sino que el cuerpo y la mente están saliendo lentamente de un estado de alerta. El problema no suele ser la incomodidad en sí, sino cómo se interpreta.


Cuando aparece esta sensación, la mente tiende a evaluarla desde una lógica de error. “No debería sentirme así”, “si ya pasó, ya no tendría que afectarme”. Estos son pensamientos automáticos: aparecen rápido, se sienten verdaderos y no suelen cuestionarse. Uno de los más frecuentes aquí es el pensamiento de todo o nada, donde solo existen dos opciones posibles: estar bien o estar mal. Los estados intermedios no encajan, y por eso se viven como algo que “no debería estar ahí”.


Este tipo de interpretación mantiene la incomodidad activa, no porque la experiencia sea peligrosa, sino porque la mente la evalúa como una señal de falla. Al no encontrar una explicación clara, el sistema interno sigue en tensión, buscando qué corregir.


Cambiar la pregunta de “¿qué me pasa?” a “¿qué he estado sosteniendo?” no es un gesto de consuelo, sino un cambio en el marco de análisis. Introduce contexto. Permite entender la incomodidad como una respuesta esperable después de haber mantenido esfuerzo emocional durante un tiempo, incluso si ese tiempo ya quedó atrás.


También influye la expectativa de cómo “debería” sentirse un cierre o un descanso. Culturalmente se asume que cuando algo termina llega el alivio. En la práctica, muchas veces el alivio no aparece de inmediato. Cuando esa expectativa no se cumple, la experiencia se interpreta como estancamiento, cuando en realidad puede tratarse de un proceso de ajuste que aún no se completa.


En estos casos, el malestar no indica que algo esté mal, sino que la mente está evaluando la experiencia desde criterios rígidos. Al salir del esquema de blanco o negro, la incomodidad pierde su carácter amenazante, no desaparece de golpe, pero deja de sentirse como una alarma constante.


Sentirte así no significa que estés estancada ni que algo esté fallando en ti. Muchas veces significa que estás en ese punto intermedio donde la vida ya avanzó, pero por dentro las piezas todavía se están acomodando. Entenderlo desde esta lógica no sólo ordena lo que pasa; también abre espacio para que esa incomodidad empiece, poco a poco, a bajar.


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