Hambre emocional: cuando comer se vuelve el único placer
- psicologo1tp
- hace 6 horas
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Vivimos en una época de prisa constante. Corremos todo el día, resolvemos pendientes, sostenemos roles, cumplimos expectativas. Muchas veces no comemos… y cuando por fin lo hacemos, queremos comernos al mundo.

“No es hambre del cuerpo. Es hambre del alma.”
El hambre emocional aparece cuando la comida deja de ser nutrición y se convierte en refugio, anestesia o premio. Comemos no porque el cuerpo lo pida, sino porque algo dentro necesita alivio, pausa o consuelo. En esos momentos, comer se vuelve uno de los pocos placeres disponibles en una vida saturada de estrés.

Pasamos horas desconectados de nuestras necesidades básicas: no dormimos lo suficiente, no descansamos, no sentimos, no paramos. El cuerpo aguanta. La emoción se acumula. Y cuando finalmente hay un espacio, aparece el impulso: comer rápido, mucho, sin registro. No para disfrutar, sino para llenar.
El problema no es la comida.
El problema es todo lo que no estamos pudiendo digerir emocionalmente.
Muchas personas llegan a consulta diciendo: “no puedo parar de comer”, cuando en realidad lo que no pueden parar es el cansancio, la exigencia, la autoexigencia, la presión interna.
Comer se vuelve el único momento de permiso, el único espacio donde algo se suelta. El ciclo suele repetirse: restricción durante el día, desborde por la noche; control, seguido de culpa; vacío, seguido de exceso.
Y la culpa no hace más que profundizar la desconexión.
Desde la psicología, especialmente desde una mirada integradora y corporal, entendemos que el cuerpo habla cuando la palabra no alcanza. El hambre emocional no se resuelve con dietas, sino con conciencia. Con aprender a escuchar qué emoción está pidiendo atención antes de buscar comida.

A veces no es hambre:
1. Es cansancio.
2. Soledad.
3. Enojo contenido.
4. Necesidad de contacto.
5. Y falta de placer en otros espacios de la vida.
Sanar la relación con la comida implica preguntarnos con honestidad:
¿De qué tengo hambre realmente?
¿Qué me estoy negando durante el día?
¿En qué momento me permito sentir?
Cuando empezamos a darnos pausas reales, a registrar el cuerpo, a poner límites, a crear placer más allá de la comida, el impulso baja. No porque lo forcemos, sino porque ya no es el único recurso. Comer puede volver a ser un acto amoroso, consciente y nutritivo, cuando dejamos de usarlo como sustituto de todo lo que nos falta. Y eso también es un proceso terapéutico.

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