Más allá de la etiqueta: por qué aumentan los diagnósticos de TLP y la importancia de una mirada basada en procesos
- Recepcion Transpersonal
- hace 6 días
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Resumen
En los últimos años, el Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) ha adquirido una presencia cada vez mayor en los servicios de salud mental, en la práctica psicoterapéutica y en el discurso clínico. Este aumento puede reflejar una mejor identificación de personas que anteriormente no recibían atención adecuada; sin embargo, también plantea una pregunta relevante: ¿estamos observando una mayor detección de casos clínicamente válidos o una tendencia a clasificar de manera rápida y prematura experiencias psicológicas complejas bajo una misma etiqueta?
El TLP constituye uno de los diagnósticos que plantea mayores desafíos debido a la diversidad de sus manifestaciones, la elevada comorbilidad y el solapamiento sintomático con otros trastornos. La inestabilidad emocional, la impulsividad, las dificultades interpersonales, las conductas autolesivas, el vacío y las alteraciones en la identidad pueden aparecer en diferentes condiciones psicopatológicas, etapas del desarrollo y contextos vitales.
El presente artículo propone una reflexión desde la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) y la Terapia Basada en Procesos (PBT) sobre las posibles razones del incremento actual de diagnósticos de TLP y sobre los riesgos de establecer explicaciones diagnósticas prematuras. Se plantea que el diagnóstico puede constituir una herramienta clínica útil, pero pierde parte de su valor cuando sustituye la evaluación diferencial, la comprensión longitudinal y la formulación funcional e individualizada del caso.
Desde una perspectiva basada en procesos, el foco terapéutico se desplaza de la pregunta “¿qué trastorno tiene esta persona?” hacia preguntas como “¿qué procesos están generando y manteniendo su sufrimiento?”, “¿en qué contextos aparecen?”, “¿qué función cumplen?” y “¿qué mecanismos deben modificarse para favorecer un funcionamiento más flexible?”.
Palabras clave: Trastorno Límite de la Personalidad, Terapia Cognitivo-Conductual, Terapia Basada en Procesos, diagnóstico diferencial, sobrediagnóstico, formulación clínica, psicopatología.
Introducción
En psicoterapia, nombrar lo que ocurre puede resultar profundamente útil. Un diagnóstico puede facilitar la comunicación entre profesionales, orientar la evaluación, organizar hipótesis clínicas, favorecer el acceso a intervenciones basadas en evidencia y ayudar a la persona a comprender que su sufrimiento tiene un nombre y puede ser atendido.
Sin embargo, existe una diferencia importante entre utilizar un diagnóstico como herramienta y utilizarlo como explicación total de una persona.
Esta diferencia adquiere especial relevancia en el caso del Trastorno Límite de la Personalidad. El TLP se caracteriza por un patrón de dificultades que puede incluir inestabilidad afectiva, relaciones interpersonales intensas e inestables, temor al abandono, impulsividad, alteraciones de la identidad, sentimientos crónicos de vacío y conductas autolesivas, entre otros fenómenos.
El problema clínico aparece cuando la presencia de algunos de estos fenómenos se interpreta rápidamente como evidencia suficiente de un trastorno de personalidad.
En la actualidad, muchas personas llegan a consulta con un diagnóstico previo de TLP. Algunas han recibido una evaluación rigurosa y cuentan con una formulación clínica coherente. Otras, en cambio, fueron clasificadas después de una entrevista breve, a partir de una crisis emocional, una autolesión, una relación conflictiva o la presencia de cambios intensos en el estado de ánimo.
Esto no significa que todos los diagnósticos actuales de TLP sean erróneos. Tampoco significa que el aumento de diagnósticos sea necesariamente producto de una moda clínica. Puede existir una mayor capacidad para reconocer el trastorno, una reducción parcial del subdiagnóstico y una mayor disponibilidad de tratamientos especializados.
No obstante, también es razonable preguntarse si, en algunos contextos, se está utilizando el diagnóstico como una forma de clasificar rápidamente experiencias complejas que todavía no han sido suficientemente comprendidas.
La pregunta no debería ser únicamente si una persona presenta determinados síntomas, sino cómo se organizan esos síntomas, bajo qué condiciones aparecen, qué función cumplen, desde cuándo están presentes y qué procesos los mantienen.
¿Por qué actualmente hay tantos diagnósticos de TLP?
El aumento de diagnósticos de TLP probablemente no tiene una sola causa. Puede comprenderse como el resultado de varios factores que interactúan entre sí.
Mayor reconocimiento clínico
Durante mucho tiempo, el TLP fue un diagnóstico poco identificado, especialmente en personas que presentaban autolesiones, impulsividad, dificultades interpersonales o inestabilidad emocional, pero que recibían diagnósticos distintos o eran atendidas únicamente durante crisis.
La mayor difusión de tratamientos como la Terapia Dialéctico-Conductual, la mentalización y otros modelos especializados ha contribuido a que profesionales y pacientes reconozcan con mayor claridad este patrón clínico.
En este sentido, un aumento en los diagnósticos puede reflejar una mejor detección de casos que anteriormente permanecían sin una explicación clínica adecuada.
Mayor acceso a información psicológica
Las redes sociales, los contenidos de divulgación y las plataformas digitales han permitido que muchas personas conozcan términos psicológicos y comparen sus experiencias con descripciones diagnósticas.
Esto puede tener efectos positivos. Una persona puede identificar que necesita ayuda, reconocer conductas de riesgo o encontrar un lenguaje para comunicar su sufrimiento.
Sin embargo, también puede favorecer procesos de autodiagnóstico y de identificación excesiva con listas de síntomas. La exposición repetida a contenidos breves puede generar la impresión de que experimentar miedo al abandono, cambios emocionales, impulsividad o conflictos interpersonales equivale automáticamente a tener TLP.
El problema no está en que las personas busquen información, sino en que una descripción general sustituya una evaluación clínica completa.
La presión por clasificar rápidamente
Los servicios de salud mental suelen trabajar bajo condiciones de tiempo limitado, alta demanda y necesidad de tomar decisiones rápidas. En estos contextos, las categorías diagnósticas pueden utilizarse como atajos para organizar la atención.
Una etiqueta puede facilitar la comunicación institucional, justificar determinados servicios o indicar una ruta de tratamiento. Sin embargo, cuando la clasificación se realiza antes de comprender el caso, existe el riesgo de que el diagnóstico se convierta en una conclusión prematura.
En lugar de preguntar:
“¿Qué está ocurriendo y qué procesos lo mantienen?”
puede terminar preguntándose únicamente:
“¿Qué diagnóstico corresponde a estos síntomas?”
Esta inversión del orden clínico puede favorecer errores.
El solapamiento entre síntomas
Muchos de los fenómenos asociados al TLP no son exclusivos de este trastorno. La inestabilidad emocional, la impulsividad, la irritabilidad, la autolesión, la sensación de vacío, la dificultad para mantener relaciones y los cambios en la identidad pueden aparecer en diferentes condiciones.
Por ejemplo, pueden observarse en:
trastorno bipolar;
depresión mayor;
trastorno por estrés postraumático;
trastorno por estrés postraumático complejo;
TDAH;
trastornos relacionados con el consumo de sustancias;
trastornos de ansiedad;
experiencias de trauma y adversidad;
dificultades de apego;
procesos de duelo;
crisis vitales;
y problemas de regulación emocional que no necesariamente configuran un trastorno de personalidad.
Cuando se identifican síntomas sin analizar su organización temporal, contextual y funcional, aumenta la probabilidad de atribuirlos al TLP de manera incorrecta.
La visibilidad de las crisis emocionales
Las personas con autolesiones, ideación suicida, impulsividad o conflictos interpersonales intensos suelen llegar a los servicios de salud mental durante momentos de crisis. En ese estado, la presentación clínica puede ser especialmente intensa y parecer más estable o generalizada de lo que realmente es.
Una crisis puede mostrar el punto máximo de sufrimiento, pero no necesariamente representa el funcionamiento habitual de la persona.
Por ello, evaluar únicamente durante una crisis puede llevar a confundir un estado agudo con un patrón persistente de personalidad.
La influencia de los sesgos clínicos
El TLP ha sido históricamente un diagnóstico cargado de estigma. En algunos casos, se ha utilizado para describir a pacientes considerados “difíciles”, “manipuladores”, “dramáticos” o “inestables”, en lugar de comprender sus conductas como respuestas aprendidas y funcionales dentro de una historia particular.
Cuando estos prejuicios influyen en la evaluación, existe el riesgo de que cualquier conducta intensa sea interpretada como confirmación del diagnóstico.
Una persona que expresa enojo puede ser vista como “límite”. Una persona que teme perder una relación puede ser clasificada como “dependiente o límite”. Una persona que se autolesiona puede recibir automáticamente el diagnóstico sin explorar si existe trauma, depresión, disociación, impulsividad, consumo de sustancias u otros procesos relevantes.
Por esta razón, el aumento de diagnósticos no debe analizarse únicamente desde la perspectiva de los síntomas, sino también desde la forma en que los profesionales interpretan y organizan la información clínica.
Cuando una etiqueta se convierte en una explicación
Una dificultad frecuente en la práctica clínica consiste en confundir la descripción de un fenómeno con la explicación del fenómeno.
Por ejemplo:
“Tiene cambios de ánimo intensos, por lo tanto, es TLP.”
Pero el cambio emocional constituye un fenómeno observable; no necesariamente explica su origen ni su función.
Una fluctuación emocional puede estar relacionada con conflictos interpersonales, privación del sueño, estrés crónico, trauma, consumo de sustancias, procesos cognitivos de interpretación de amenaza, dificultades en regulación emocional, trastornos del estado de ánimo, características temperamentales o una combinación de múltiples factores.
Del mismo modo, la impulsividad no pertenece exclusivamente al TLP. Puede aparecer en trastornos del estado de ánimo, TDAH, consumo de sustancias y otros cuadros clínicos.
La autolesión tampoco constituye por sí misma una prueba diagnóstica. Puede cumplir funciones diferentes: regular una emoción intensa, interrumpir estados disociativos, expresar sufrimiento, castigarse, comunicar una necesidad, escapar de pensamientos intrusivos o responder a una sensación de vacío.
El diagnóstico diferencial resulta particularmente importante porque existe un solapamiento considerable entre TLP y otras condiciones.
En el caso específico del trastorno bipolar, por ejemplo, ambos cuadros pueden presentar inestabilidad afectiva e impulsividad. Sin embargo, la forma temporal y contextual de dicha inestabilidad puede aportar información diferencial: en el TLP, los cambios afectivos suelen ser más reactivos y vinculados a acontecimientos interpersonales, mientras que en el trastorno bipolar los episodios presentan una organización temporal distinta y pueden incluir fenómenos propios de manía o hipomanía.
Esto no significa que toda persona con TLP haya sido diagnosticada erróneamente como bipolar, ni que ambos diagnósticos sean mutuamente excluyentes. Significa que la similitud superficial de un síntoma no permite establecer por sí misma la naturaleza del proceso que lo produce.
El riesgo de los diagnósticos tempranos
Hablar de diagnóstico temprano requiere cierta precisión.
No sería adecuado afirmar que diagnosticar TLP durante la adolescencia es necesariamente incorrecto. Las investigaciones y guías clínicas contemporáneas reconocen que puede existir un grupo de adolescentes con patrones persistentes y clínicamente significativos compatibles con TLP. De hecho, retrasar indefinidamente la evaluación también puede impedir el acceso oportuno a intervenciones adecuadas.
La dificultad está en otro punto: diagnosticar sin suficiente evaluación longitudinal, contextual y diferencial.
Durante la adolescencia ocurren transformaciones importantes en identidad, relaciones interpersonales, regulación emocional y autonomía. Algunas manifestaciones que pueden parecer similares a criterios de TLP requieren ser comprendidas dentro de su trayectoria evolutiva y no únicamente contabilizadas como síntomas aislados.
Una crisis de identidad, una relación intensa, una reacción emocional desproporcionada o una conducta impulsiva pueden formar parte de un proceso evolutivo, pero también pueden indicar un patrón clínicamente significativo. La diferencia no puede establecerse únicamente por la presencia del fenómeno, sino por su persistencia, generalización, rigidez, intensidad, impacto funcional y relación con otros procesos.
Por esta razón, cuando se considera el diagnóstico en personas jóvenes, es necesario realizar una evaluación integral y rigurosa, incluyendo historia del desarrollo, contexto familiar, funcionamiento escolar o laboral, relaciones interpersonales, consumo de sustancias, trauma y evolución de los síntomas.
La evaluación debe responder preguntas como:
¿Desde cuándo ocurre este patrón?
¿Es estable o aparece exclusivamente durante determinadas crisis?
¿En qué contextos se manifiesta?
¿Qué acontecimientos lo precipitan?
¿Qué consecuencias tiene?
¿Qué hace la persona inmediatamente después?
¿Qué obtiene o evita mediante esa conducta?
¿Existen periodos prolongados de funcionamiento diferente?
¿Hay consumo de sustancias que modifique la presentación?
¿Existen síntomas compatibles con otros trastornos?
¿Qué factores ambientales mantienen actualmente el problema?
¿Qué procesos psicológicos aparecen de manera transversal?
¿La persona presenta estas dificultades en diferentes relaciones y contextos o únicamente en situaciones específicas?
Estas preguntas permiten pasar de una clasificación descriptiva hacia una comprensión funcional.
De “¿qué tiene?” a “¿qué está pasando?”
Aquí es donde la Terapia Basada en Procesos ofrece una aportación particularmente interesante.
La Terapia Basada en Procesos surge como una propuesta que cuestiona una psicoterapia organizada exclusivamente alrededor de categorías diagnósticas y protocolos específicos para cada trastorno. En lugar de asumir que cada diagnóstico requiere necesariamente un tratamiento diferente, propone identificar procesos terapéuticamente relevantes y seleccionar intervenciones de acuerdo con las necesidades particulares de cada persona.
Desde esta perspectiva, el diagnóstico no desaparece; cambia su lugar dentro del razonamiento clínico.
Puede ser una fuente de información, pero no necesariamente el punto final de la formulación.
En un caso de TLP, por ejemplo, podría ser más clínicamente útil identificar la interacción entre procesos como:
sensibilidad al rechazo → interpretación de amenaza interpersonal → activación emocional intensa → pensamiento dicotómico → conducta impulsiva → alivio inmediato → consecuencias interpersonales → confirmación de creencias negativas.
El diagnóstico describe un patrón.
La formulación explica cómo funciona ese patrón.
Y el análisis de procesos permite preguntarnos qué elemento del sistema es modificable y relevante para el tratamiento.
Esta perspectiva también permite reconocer que dos personas con el mismo diagnóstico pueden requerir intervenciones diferentes, mientras que dos personas con diagnósticos distintos pueden compartir procesos mantenedores y beneficiarse de estrategias similares.
Una mirada TCC: del síntoma a la función
La TCC tradicional ya ofrece herramientas para realizar este cambio de perspectiva mediante la formulación de casos y el análisis funcional.
Dos personas pueden presentar una conducta aparentemente idéntica y, sin embargo, mantenerla por razones completamente diferentes.
Por ejemplo, una conducta impulsiva después de un conflicto interpersonal podría estar funcionando como:
una estrategia para disminuir una emoción intolerable;
una forma de obtener proximidad interpersonal;
un intento de evitar el abandono;
una forma de escapar de pensamientos autocríticos;
una búsqueda de estimulación;
una respuesta aprendida ante determinadas señales ambientales;
una forma de recuperar sensación de control; o una combinación de varios procesos.
Por ello, intervenir únicamente sobre la conducta observable puede resultar insuficiente.
La pregunta funcional sería:
¿Qué ocurre antes, durante y después de esta conducta?
Desde una perspectiva cognitivo-conductual, esto permite construir cadenas funcionales donde se analicen antecedentes, interpretaciones, respuestas fisiológicas, emociones, conductas y consecuencias.
En consecuencia, una persona con diagnóstico de TLP no debería ser tratada únicamente “por tener TLP”, sino a partir de los procesos específicos que mantienen sus dificultades.
¿Qué ocurre cuando el diagnóstico llega antes que la formulación?
Un diagnóstico prematuro puede generar diferentes consecuencias clínicas.
La primera es el sesgo confirmatorio. Una vez establecida una etiqueta, existe el riesgo de interpretar nuevos acontecimientos como evidencia del diagnóstico en lugar de considerar hipótesis alternativas.
La segunda es la reducción de la complejidad clínica. La persona puede comenzar a ser entendida exclusivamente desde una categoría diagnóstica, dejando en segundo plano su historia de aprendizaje, contexto actual, recursos, relaciones y fortalezas.
La tercera es el efecto sobre la identidad. Especialmente cuando el diagnóstico se comunica de manera rígida o estigmatizante, existe el riesgo de que la persona incorpore la categoría como una descripción de quién es, en lugar de comprenderla como una hipótesis clínica sobre determinados patrones de funcionamiento.
La cuarta es el riesgo de tratamientos poco ajustados al proceso dominante.
La quinta es la posibilidad de que el diagnóstico influya en la relación terapéutica. Si el profesional interpreta las expresiones de malestar, desacuerdo o necesidad de apoyo como “manipulación” o “resistencia” debido a la etiqueta, puede deteriorarse la alianza terapéutica y aumentar el estigma.
La investigación ha documentado, por ejemplo, una asociación entre TLP y antecedentes de diagnóstico erróneo de trastorno bipolar. En un estudio con pacientes ambulatorios, las personas con TLP presentaron mayores probabilidades de haber recibido previamente un diagnóstico de bipolaridad que posteriormente no fue confirmado mediante una evaluación estructurada.
Sin embargo, este fenómeno también puede entenderse desde una perspectiva más amplia: el problema no necesariamente está en una categoría diagnóstica específica, sino en una evaluación que privilegia la identificación rápida de síntomas sobre la comprensión de su organización funcional y temporal.
La importancia de la evaluación longitudinal
Uno de los elementos más relevantes para disminuir errores diagnósticos es observar cómo evolucionan los fenómenos psicológicos a través del tiempo.
Una fotografía clínica puede mostrar:
“Cambios emocionales intensos.”
La historia longitudinal puede revelar:
“Los cambios aparecen principalmente después de experiencias de rechazo, duran algunas horas, se acompañan de interpretaciones de abandono y disminuyen cuando se restablece la conexión interpersonal.”
La segunda descripción proporciona información mucho más útil para una formulación.
De igual manera, puede revelar un patrón completamente diferente:
“Existen periodos claramente diferenciados de varios días con disminución marcada de la necesidad de dormir, incremento de actividad dirigida a objetivos, elevación o irritabilidad persistente y cambios conductuales respecto al funcionamiento habitual.”
La diferencia no está simplemente en que “hay cambios de humor”, sino en la estructura temporal, contextual y funcional de esos cambios.
La evaluación longitudinal también permite distinguir entre:
un patrón persistente y generalizado;
una reacción a un contexto específico;
una crisis temporal;
una respuesta relacionada con trauma;
un episodio afectivo;
una dificultad de regulación emocional;
o una combinación de procesos.
Por ello, la evaluación longitudinal no debería considerarse únicamente una estrategia para confirmar o descartar un diagnóstico, sino una herramienta para comprender la trayectoria de los procesos psicológicos.
Terapia Basada en Procesos: una alternativa al pensamiento categorial rígido
La Terapia Basada en Procesos plantea una pregunta fundamental:
¿Qué procesos son importantes para esta persona, en este contexto y en este momento?
Esto permite abandonar una lógica terapéutica excesivamente rígida:
TLP → tratamiento X.
Y sustituirla por una lógica más individualizada:
Problema clínico → procesos mantenedores → objetivos terapéuticos → intervención basada en evidencia → evaluación del cambio.
Desde esta perspectiva, procesos como la evitación experiencial, la rumiación, la fusión cognitiva, la intolerancia al malestar, las dificultades de regulación emocional, la sensibilidad interpersonal, las conductas de seguridad, el aprendizaje por reforzamiento y determinados patrones interpersonales pueden convertirse en objetivos terapéuticos dependiendo del caso.
El propósito no es eliminar la etiqueta TLP, sino evitar que la etiqueta determine de antemano qué debe observarse y cómo debe intervenirse.
La propuesta basada en procesos se encuentra precisamente orientada a identificar los mecanismos relevantes del funcionamiento psicológico y seleccionar estrategias de intervención de acuerdo con ellos.
Desde esta perspectiva, el diagnóstico puede funcionar como un mapa inicial, pero no como el territorio completo. El mapa orienta; la evaluación clínica permite conocer el terreno real.
Entonces, ¿deberíamos dejar de diagnosticar TLP?
No.
Tampoco sería clínicamente responsable sustituir el diagnóstico por una visión completamente ateórica de los síntomas.
El diagnóstico continúa siendo útil cuando se establece mediante una evaluación adecuada, cuando aporta información relevante y cuando facilita decisiones clínicas.
El punto es otro:
el diagnóstico debería abrir preguntas, no cerrarlas.
Un diagnóstico de TLP debería conducir a una evaluación más profunda de:
regulación emocional;
patrones interpersonales;
identidad;
impulsividad;
conductas autolesivas;
sensibilidad al rechazo;
experiencias de abandono;
historia de aprendizaje;
trauma y adversidad;
consumo de sustancias;
comorbilidades;
funcionamiento social y ocupacional;
procesos cognitivos;
estrategias de afrontamiento;
factores contextuales;
temporalidad de los síntomas;
y estabilidad del patrón en diferentes situaciones.
También es importante reconocer que no toda persona que presenta rasgos límite necesita recibir inmediatamente una identidad diagnóstica definitiva. En algunos casos puede ser más adecuado hablar de dificultades de regulación emocional, problemas interpersonales, síntomas compatibles con un patrón límite o una hipótesis diagnóstica en evaluación.
Esto no implica minimizar el sufrimiento. Implica evitar que la necesidad de actuar rápidamente se convierta en una clasificación rígida.
La evaluación diagnóstica y la formulación funcional no compiten.
Se complementan.
Una práctica clínica basada en hipótesis
Desde una postura TCC y basada en procesos, puede resultar más útil pensar el diagnóstico como una hipótesis clínica susceptible de revisión.
Esto implica que el terapeuta no solamente pregunta:
“¿Cumple criterios?”
También pregunta:
“¿Cómo se relacionan entre sí los criterios?”
“¿Qué los activa?”
“¿Qué los mantiene?”
“¿Qué función tienen?”
“¿Qué cambia cuando cambia el contexto?”
“¿Qué procesos aparecen independientemente del diagnóstico?”
“¿Qué intervención modifica realmente esos procesos?”
“¿Qué información podría contradecir la hipótesis inicial?”
Esta última pregunta es especialmente importante. Una evaluación rigurosa no busca únicamente confirmar el diagnóstico, sino también identificar datos que podrían cuestionarlo.
Esta postura favorece una práctica clínica menos centrada en etiquetar y más centrada en comprender.
Además, reduce el riesgo de que la persona sea vista como una representación de su diagnóstico.
Una persona no es un trastorno límite.
Es una persona que presenta determinados patrones de respuesta que pueden haber sido aprendidos, reforzados y mantenidos en interacción con su historia y su contexto, y que pueden ser susceptibles de modificación.
Hacia una evaluación más responsable
Una práctica clínica cuidadosa frente al TLP debería incluir varios elementos.
En primer lugar, una entrevista clínica amplia que explore la historia del desarrollo, los vínculos, el funcionamiento actual, los antecedentes de trauma, el consumo de sustancias y la evolución de los síntomas.
En segundo lugar, una evaluación diferencial que considere trastornos del estado de ánimo, TDAH, TEPT, depresión, ansiedad, disociación, consumo de sustancias y condiciones médicas relevantes.
En tercer lugar, una evaluación longitudinal que permita distinguir entre estados transitorios y patrones persistentes.
En cuarto lugar, un análisis funcional de las conductas de riesgo, las crisis emocionales y las dificultades interpersonales.
En quinto lugar, una formulación que pueda compartirse con la persona de manera colaborativa, clara y no estigmatizante.
Finalmente, es necesario revisar periódicamente la hipótesis clínica. El diagnóstico no debería ser una sentencia inmodificable, sino una herramienta que puede confirmarse, matizarse o reconsiderarse conforme se obtiene nueva información.
Conclusión
El aumento actual de diagnósticos de TLP puede reflejar avances importantes en el reconocimiento de un trastorno que durante mucho tiempo fue subdiagnosticado. Sin embargo, también puede estar relacionado con la presión por clasificar rápidamente, el solapamiento entre síntomas, la influencia de las redes sociales, la evaluación durante momentos de crisis y la tendencia a convertir una descripción sintomática en una explicación definitiva.
Por ello, el reto clínico no consiste en elegir entre diagnosticar o no diagnosticar.
Consiste en diagnosticar sin dejar de formular.
El TLP puede ser un diagnóstico válido, clínicamente relevante y tratable. Precisamente por ello, requiere una evaluación que vaya más allá de identificar síntomas aislados y que considere su persistencia, contexto, temporalidad, función y relación con otros procesos psicopatológicos.
La Terapia Basada en Procesos aporta una perspectiva especialmente útil para este desafío: desplazar el centro de gravedad desde la categoría hacia los mecanismos que mantienen el sufrimiento.
Desde la TCC, esto implica recuperar una de las preguntas más importantes de la práctica clínica:
“¿Qué mantiene este problema?”
Y desde una perspectiva basada en procesos, ampliar la pregunta:
“¿Qué proceso necesitamos modificar para que esta persona pueda funcionar de una manera más flexible y valiosa para su vida?”
Quizá el objetivo de una buena evaluación psicológica no sea encontrar la etiqueta más rápidamente.
Quizá sea construir una explicación suficientemente precisa como para que la persona pueda dejar de ser definida por sus síntomas y comenzar a ser comprendida desde los procesos que pueden cambiar.
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