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Neurodivergencia en mujeres: camuflaje, sesgos diagnósticos e invisibilización clínica

Foto del escritor: Recepcion Transpersonal
Recepcion Transpersonal
2 oct
13 min de lectura
Mtra. Laura Salgado — Enfoque TCC
Introducción

Durante los últimos años, la conversación sobre neurodivergencia ha adquirido mayor presencia tanto en el ámbito clínico como en el social. Sin embargo, hablar de una mayor visibilidad no significa necesariamente que todas las personas neurodivergentes estén siendo identificadas de manera oportuna. En particular, la identificación del trastorno del espectro autista (TEA) y del trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) en mujeres continúa representando un desafío para la práctica clínica.

Durante gran parte de la historia de la investigación sobre los trastornos del neurodesarrollo, las descripciones clínicas y los criterios utilizados para su reconocimiento se construyeron a partir de poblaciones en las que los hombres estaban sobrerrepresentados. En el caso del autismo, por ejemplo, las primeras descripciones clínicas que influyeron en la conceptualización posterior se realizaron principalmente a partir de niños. Esto contribuyó a que determinadas formas de presentación fueran consideradas prototípicas, mientras que otras permanecieran menos reconocidas. La literatura contemporánea ha señalado que esta situación puede contribuir a la subidentificación de mujeres, especialmente cuando no presentan discapacidad intelectual o dificultades significativas del lenguaje.

En el caso del TDAH, la situación también resulta relevante. Una revisión sistemática sobre mujeres adultas con TDAH identificó consecuencias relacionadas con el bienestar socioemocional, las relaciones interpersonales y la percepción de control, además de cambios en la autopercepción posteriores al diagnóstico. Estos hallazgos permiten observar que el diagnóstico tardío no constituye únicamente una cuestión de nomenclatura clínica, sino que puede relacionarse con la manera en que una persona ha comprendido sus propias dificultades a lo largo de su vida.

La pregunta, por lo tanto, no debería limitarse a por qué algunas mujeres no son diagnosticadas. También es necesario preguntarse qué ocurre cuando una persona aprende a adaptarse de tal manera a las expectativas de su entorno que las dificultades que experimenta dejan de ser evidentes para quienes la rodean.

En este sentido, una de las cuestiones centrales para comprender la neurodivergencia en mujeres es la diferencia entre lo que una persona puede hacer y el esfuerzo que necesita realizar para conseguirlo.

Neurodivergencia y heterogeneidad en la expresión clínica

El término neurodivergencia se utiliza actualmente para hacer referencia a formas de funcionamiento neurológico que se alejan de aquello que se considera neurotípico. No obstante, es importante utilizar este concepto con precisión. No todas las condiciones del neurodesarrollo

son iguales ni todas las personas que forman parte de una población neurodivergente presentan las mismas características.

En este artículo se abordan principalmente el autismo y el TDAH, debido a la evidencia existente sobre diferencias relacionadas con sexo y género en su identificación y presentación clínica.

El trastorno del espectro autista se caracteriza por una gran heterogeneidad. Las manifestaciones pueden variar considerablemente entre personas en aspectos como la comunicación social, los intereses, la flexibilidad conductual, el procesamiento sensorial, el lenguaje y el funcionamiento cognitivo. La Revista Digital Universitaria de la UNAM señala que las mujeres pueden presentar características del espectro de manera diferente a las descripciones tradicionalmente asociadas con los hombres, lo que puede dificultar su identificación.

La diferencia no implica que exista un único “perfil femenino” del autismo. Por el contrario, la heterogeneidad continúa siendo una de sus características fundamentales. Algunas mujeres pueden mostrar una interacción social aparentemente fluida, mientras que otras pueden presentar mayor retraimiento. Algunas pueden desarrollar estrategias sociales altamente elaboradas y otras pueden experimentar dificultades sociales más evidentes.

La dificultad aparece cuando determinados comportamientos observables se convierten en criterios implícitos para decidir quién merece ser evaluado.

Una mujer que mantiene conversaciones, tiene amistades, obtiene buenas calificaciones o desarrolla una trayectoria profesional puede ser considerada, desde una mirada superficial, como alguien sin dificultades relevantes. Sin embargo, estos indicadores no permiten conocer por sí mismos cuánto esfuerzo requiere mantener ese funcionamiento.

La conducta observable proporciona información, pero no necesariamente explica todo el proceso que existe detrás de ella.

Cuando la adaptación se convierte en camuflaje

Uno de los conceptos que ha cobrado relevancia para comprender la presentación del autismo en mujeres es el camuflaje.

En términos generales, el camuflaje hace referencia a estrategias mediante las cuales una persona modifica, compensa o inhibe determinadas características para adaptarse a las expectativas sociales. En la literatura se han utilizado conceptos como masking, compensación y asimilación para describir diferentes formas de adaptación.

Una revisión sistemática sobre camuflaje en autismo encontró asociaciones entre mayores niveles de camuflaje autopercebido y determinados resultados negativos de salud mental, además de diferencias relacionadas con sexo y género. Sin embargo, los autores también señalan que la investigación sobre el fenómeno presenta limitaciones conceptuales y metodológicas, por lo que no debe interpretarse como una explicación única del diagnóstico tardío. La importancia clínica del camuflaje radica precisamente en su paradoja: una conducta puede ser funcional en un contexto determinado y, al mismo tiempo, implicar un costo considerable para la persona que la utiliza.


Una mujer puede aprender a observar cómo interactúan las demás personas y posteriormente reproducir determinadas formas de comunicación. Puede prestar atención deliberada al contacto visual, a sus expresiones faciales, al tono de voz, a los momentos apropiados para intervenir en una conversación o a la manera en que debe responder emocionalmente.

Desde fuera, estas conductas pueden parecer espontáneas. Sin embargo, el hecho de que una conducta sea observable no permite determinar cuánto esfuerzo requiere producirla. Una persona puede haber aprendido a desenvolverse socialmente de manera eficaz sin que eso signifique que la interacción social le resulte sencilla. Esta diferencia es fundamental para comprender por qué algunas mujeres pueden llegar a la adultez sin haber sido identificadas.

“Puede hacerlo” no significa necesariamente “le resulta fácil”

Una de las dificultades de la evaluación basada exclusivamente en la conducta observable consiste en confundir capacidad con ausencia de dificultad.

Una mujer puede mantener contacto visual porque ha aprendido que es una expectativa social. Puede mantener una conversación porque ha desarrollado estrategias para anticipar preguntas y respuestas. Puede organizar sus actividades mediante múltiples recordatorios, listas y sistemas externos. Puede prepararse mentalmente antes de asistir a una reunión y posteriormente necesitar un periodo considerable de recuperación.

Si únicamente se observa el resultado, puede concluirse que no existe una dificultad significativa. Sin embargo, la experiencia subjetiva puede ser completamente diferente. Esto permite introducir una pregunta clínicamente relevante:

¿Qué tan diferente es el esfuerzo que realiza una persona para conseguir algo que los demás consideran sencillo?

La pregunta resulta especialmente importante porque algunas estrategias compensatorias pueden desarrollarse desde edades tempranas. Una niña puede aprender, a través de la observación y de la retroalimentación de su entorno, qué comportamientos son aceptados y cuáles generan rechazo. Con el tiempo, puede modificar su conducta hasta que esa adaptación parezca natural. El aprendizaje puede ser tan eficaz que la dificultad inicial deje de ser visible. El problema es que la desaparición de una conducta observable no necesariamente significa la desaparición de la dificultad que la originó.

Una lectura cognitivo-conductual del camuflaje

Desde una perspectiva cognitivo-conductual, el camuflaje puede analizarse considerando la relación entre contexto, cogniciones, conductas y consecuencias.

Una persona puede encontrarse ante una situación social en la que anticipa la posibilidad de cometer un error o ser percibida negativamente. Esta anticipación puede incrementar la autovigilancia y favorecer conductas de compensación, como ensayar conversaciones, controlar expresiones, modificar la manera de hablar o inhibir respuestas consideradas socialmente inadecuadas.

Si estas conductas disminuyen temporalmente la probabilidad de recibir críticas o rechazo, pueden mantenerse. Esto no significa que el camuflaje sea necesariamente una conducta disfuncional. Desde el análisis funcional, una estrategia debe comprenderse en relación con su función y con sus consecuencias. Una conducta que permite desenvolverse en un ambiente determinado puede ser adaptativa. La dificultad puede aparecer cuando dicha estrategia se vuelve rígida, constante o excesivamente costosa.

Por ejemplo, preparar mentalmente una conversación puede ser una estrategia útil cuando una situación genera incertidumbre. Sin embargo, si una persona necesita anticipar prácticamente todas sus interacciones, revisar posteriormente lo que dijo y preocuparse de manera persistente por haber cometido algún error social, el comportamiento adquiere una función y un costo que requieren ser explorados clínicamente.

Desde esta perspectiva, no sería suficiente preguntar qué hace la persona. También sería necesario comprender por qué lo hace, en qué situaciones lo hace, qué obtiene al hacerlo y qué consecuencias tiene mantener esa estrategia a largo plazo.

Esta formulación permite evitar una interpretación simplista del camuflaje como “fingir ser otra persona”. En muchos casos, se trata de estrategias de aprendizaje desarrolladas para responder a demandas reales del entorno.

Cuando la dificultad queda detrás del síntoma

Otro elemento que puede contribuir a que algunas mujeres lleguen tardíamente a una evaluación de neurodesarrollo es la presencia de sintomatología que resulta más visible para el entorno clínico.

Ansiedad, depresión, dificultades en las relaciones interpersonales, problemas de autoestima o agotamiento pueden convertirse en el principal motivo de consulta. Esto no significa que dichos diagnósticos sean necesariamente incorrectos. Una persona neurodivergente puede presentar ansiedad o depresión y requerir tratamiento específico para ellas. El problema surge cuando la evaluación se limita a la sintomatología actual y no considera la historia del desarrollo ni los patrones que han acompañado a la persona desde etapas tempranas.

La revisión sistemática de Attoe y Climie sobre TDAH en mujeres adultas encontró que el diagnóstico tardío puede relacionarse con dificultades socioemocionales, problemas en las relaciones, sensación de falta de control y procesos de autocomprensión posteriores al diagnóstico.

En el caso del TDAH, investigaciones recientes también han encontrado diferencias en los síntomas reportados por mujeres y hombres. Una revisión sistemática publicada en 2025 identificó, entre otros aspectos, mayores dificultades relacionadas con distracción, organización de tareas y divagación mental en mujeres adultas con TDAH, aunque los autores enfatizan la necesidad de continuar caracterizando las presentaciones femeninas.

Esto permite comprender por qué una mujer puede pasar años escuchando explicaciones como “eres distraída”, “eres desorganizada”, “te falta disciplina” o “deberías esforzarte más”, sin que necesariamente se explore la posibilidad de una condición del neurodesarrollo.

Con el tiempo, estas interpretaciones también pueden incorporarse a la autopercepción. La persona puede comenzar a pensar que es floja, irresponsable, demasiado sensible, desorganizada o incapaz de relacionarse adecuadamente, cuando parte de estas dificultades podría requerir una explicación clínica más amplia.

El papel de las expectativas sociales

La identificación de la neurodivergencia no ocurre en un vacío. Las personas son evaluadas dentro de contextos sociales que tienen determinadas expectativas acerca de cómo deberían comportarse. En el caso de las niñas y mujeres, estas expectativas pueden incluir una mayor demanda de regulación emocional, cooperación, adaptación interpersonal y habilidades sociales. Cuando una niña aprende rápidamente a modificar su conducta para ajustarse a estas expectativas, el entorno puede interpretar esa adaptación como evidencia de que no existe una dificultad significativa.

La Revista Digital Universitaria de la UNAM señala precisamente que las niñas con autismo pueden mostrar determinadas características que dificultan su identificación, como una mayor apariencia de sociabilidad, formas diferentes de juego y manifestaciones que pueden confundirse con otras condiciones. También destaca la necesidad de considerar las diferencias en la presentación y mejorar los procedimientos de evaluación.

Sin embargo, hablar de sesgos de género no significa asumir que todas las diferencias entre hombres y mujeres son producto exclusivamente de la socialización. La presentación clínica puede estar influida por múltiples factores, incluyendo características individuales, desarrollo, contexto, aprendizaje y condiciones concomitantes. Por ello, la perspectiva de género debería utilizarse para ampliar la evaluación, no para sustituir una explicación clínica por otra.

El problema de medir solamente lo visible

Uno de los principales desafíos para la evaluación clínica consiste en que muchas herramientas se basan necesariamente en conductas observables.

Esto resulta comprensible: una evaluación necesita criterios que puedan identificarse de manera relativamente objetiva.

Sin embargo, cuando las estrategias compensatorias modifican la conducta observable, existe el riesgo de que algunas dificultades sean menos evidentes.

La literatura sobre autismo en mujeres ha cuestionado precisamente si determinados instrumentos y procedimientos captan con suficiente sensibilidad la diversidad de presentaciones femeninas. El artículo de la UNAM destaca esta problemática y señala la necesidad de desarrollar investigación e instrumentos que consideren la heterogeneidad de las mujeres autistas.

Esto no significa que las herramientas diagnósticas carezcan de utilidad ni que deban descartarse. Significa que ningún instrumento debería interpretarse de manera aislada.

La historia del desarrollo, la información proporcionada por la propia persona, los antecedentes familiares y escolares, el funcionamiento cotidiano y el diagnóstico diferencial forman parte de una evaluación integral.

En este sentido, algunas preguntas pueden necesitar ser reformuladas.

En lugar de preguntar únicamente si una persona tiene amigos, también puede ser relevante explorar cuánto esfuerzo requiere mantener sus relaciones. En lugar de preguntar únicamente si puede mantener una conversación, puede ser útil conocer si necesita preparar previamente lo que va a decir o revisar posteriormente su desempeño social. En lugar de preguntar únicamente si puede organizar sus actividades, puede explorarse qué sistemas necesita construir para conseguirlo.

En lugar de observar solamente el rendimiento académico o laboral, puede ser necesario comprender qué sucede cuando aumentan las demandas y disminuyen los recursos disponibles. La evaluación comienza a ser más completa cuando no se observa únicamente el resultado, sino también el proceso que permite alcanzarlo.

Escuchar a las mujeres también es una fuente de información clínica

La discusión sobre neurodivergencia en mujeres no se limita a los instrumentos diagnósticos. También implica preguntarse quiénes han sido escuchados históricamente al construir el conocimiento sobre estas condiciones.

El trabajo de Herrera Santos y Sacha Castillo, centrado en mujeres y neurodivergencias desde las epistemologías feministas, plantea precisamente una reflexión sobre la invisibilización de los saberes y experiencias producidos por mujeres neurodivergentes.

Esta perspectiva introduce una cuestión relevante para la práctica psicológica: la experiencia subjetiva no debería sustituir la evaluación clínica, pero tampoco debería considerarse secundaria frente a aquello que puede observarse externamente.

Una persona puede proporcionar información que difícilmente puede obtenerse mediante una observación puntual. Puede explicar cuánto esfuerzo necesita para desenvolverse socialmente, qué estrategias utiliza para organizarse, qué situaciones la saturan, qué comportamientos ha aprendido a ocultar y qué ocurre cuando esas estrategias dejan de funcionar.

Escuchar esta información no implica diagnosticar a partir de una experiencia aislada. Implica reconocer que el funcionamiento humano no siempre puede comprenderse únicamente mediante la conducta observable en un contexto de evaluación.

La historia de la investigación sobre autismo también permite reflexionar sobre la participación de las mujeres en la producción del conocimiento. El artículo de la UNAM recupera antecedentes históricos que muestran que Grunya Sukhareva realizó descripciones tempranas de características actualmente relacionadas con el autismo, incluyendo posteriormente observaciones en niñas. Estos antecedentes ayudan a recordar que la historia del conocimiento sobre el neurodesarrollo es más amplia que las figuras que tradicionalmente han ocupado un lugar central en ella.

La discusión contemporánea, entonces, no solamente plantea quién recibe un diagnóstico.

También plantea quién es escuchado, qué experiencias se consideran clínicamente relevantes y qué características han sido utilizadas históricamente para definir lo que significa ser neurodivergente.

El diagnóstico tardío y la reconstrucción de la propia historia

Recibir un diagnóstico en la adultez puede producir una reinterpretación de experiencias anteriores. Una persona puede comenzar a comprender de otra manera dificultades que durante años interpretó como defectos personales.

En mujeres adultas con TDAH, la literatura ha descrito procesos de autocomprensión y aceptación posteriores al diagnóstico. La revisión de Attoe y Climie identifica precisamente la autopercepción como uno de los temas relevantes asociados al diagnóstico adulto.

Esto también permite comprender por qué la identificación tardía puede tener un significado psicológico importante.

El diagnóstico no necesariamente explica toda la historia de una persona, ni convierte retrospectivamente todas sus experiencias en síntomas.

Pero puede proporcionar un marco para comprender ciertos patrones que previamente parecían desconectados.

Desde una perspectiva cognitivo-conductual, esto puede ser particularmente relevante para trabajar creencias profundamente arraigadas relacionadas con la propia capacidad.

Una persona que durante años ha recibido mensajes como “no te esfuerzas suficiente” puede haber desarrollado una creencia de incompetencia. Si posteriormente comprende que algunas de sus dificultades estaban relacionadas con características del neurodesarrollo, puede comenzar un proceso de reevaluación de esas interpretaciones. Esto no implica sustituir una explicación por otra de manera automática. Implica revisar la evidencia disponible y construir una formulación más precisa.

Evitar el nuevo estereotipo

La intención de visibilizar a las mujeres neurodivergentes puede producir un efecto paradójico si se construye un nuevo estereotipo.

No todas las mujeres neurodivergentes camuflan; no todas presentan ansiedad; no todas son perfeccionistas; no todas tienen dificultades sociales evidentes; no todas reciben diagnósticos previos de otras condiciones. Y, de manera igualmente importante, no toda mujer que experimenta agotamiento social, dificultades de organización, sensibilidad sensorial, ansiedad o problemas de autoestima es necesariamente autista o tiene TDAH.

La presencia de determinadas características puede justificar una exploración clínica, pero no permite establecer un diagnóstico por sí sola.

Esta precisión es especialmente importante en un contexto en el que las redes sociales han incrementado considerablemente la circulación de información sobre neurodivergencia. La divulgación puede favorecer que algunas personas reconozcan experiencias que anteriormente no comprendían, pero también puede promover identificaciones demasiado rápidas cuando se presentan características generales como si fueran específicas de una condición.

Por ello, reconocer la posibilidad de una neurodivergencia no debería convertirse en una invitación a autodiagnosticarse. Debería convertirse en una oportunidad para realizar preguntas clínicas más completas.

Implicaciones para la práctica psicológica

Una evaluación sensible a la diversidad de presentaciones requiere recuperar información que puede perderse cuando se observa únicamente el comportamiento actual.

La historia del desarrollo adquiere especial importancia. También resulta necesario explorar el funcionamiento en diferentes contextos y etapas de la vida, ya que una persona puede desenvolverse adecuadamente en un ambiente altamente estructurado y presentar dificultades importantes cuando las demandas aumentan o desaparecen los apoyos externos.

En mujeres adultas, puede ser particularmente útil explorar las estrategias que han desarrollado para compensar dificultades, así como el esfuerzo necesario para mantener su funcionamiento académico, laboral y social.

También resulta relevante diferenciar entre una dificultad primaria y las consecuencias psicológicas que pueden aparecer posteriormente.

Por ejemplo, la ansiedad puede constituir una condición independiente, una consecuencia de experiencias repetidas de fracaso o rechazo, una respuesta a la sobrecarga o una combinación de diferentes factores.

La formulación clínica debe permitir considerar estas posibilidades sin asumir de antemano cuál es la explicación correcta.

Desde el enfoque cognitivo-conductual, esto implica trabajar no solamente con síntomas aislados, sino con patrones de pensamiento, conductas de afrontamiento, evitación, autovigilancia y contingencias ambientales.

También implica reconocer que no toda conducta adaptativa necesita ser eliminada.

El objetivo terapéutico no debería ser conseguir que una persona parezca más neurotípica.

Debería orientarse a mejorar su funcionamiento y bienestar, aumentar la flexibilidad, reducir el sufrimiento innecesario y desarrollar estrategias que sean sostenibles para la persona.

Conclusión

La menor identificación de algunas condiciones neurodivergentes en mujeres no puede explicarse mediante una sola causa. La evidencia disponible apunta hacia una interacción entre diferencias en la expresión clínica, estrategias de compensación y camuflaje, expectativas sociales, comorbilidades, historia de la investigación y limitaciones en determinados procesos de evaluación.

Comprender esta problemática no significa asumir que toda mujer que presenta ansiedad, dificultades sociales, perfeccionismo o problemas de atención es neurodivergente. Tampoco significa que los diagnósticos previos de ansiedad, depresión u otras condiciones sean necesariamente incorrectos.

Significa ampliar la mirada. Una mujer puede haber aprendido a mirar a los ojos, organizarse mediante múltiples sistemas, controlar sus respuestas emocionales, anticipar conversaciones o adaptar constantemente su comportamiento a las expectativas de los demás. Puede realizar estas conductas de manera suficientemente eficaz como para que quienes la rodean no perciban dificultades significativas.

Pero la ausencia de una dificultad observable no necesariamente significa ausencia de dificultad. En algunos casos, puede significar que la persona ha desarrollado estrategias extremadamente eficaces para ocultarla.

Por esta razón, una de las preguntas que debería acompañar la evaluación clínica es aparentemente sencilla, pero profundamente relevante:

¿No puede hacerlo o puede hacerlo, pero a un costo demasiado alto?

Esta distinción permite comprender que la adaptación y el bienestar no siempre son equivalentes. Una persona puede cumplir, rendir, socializar y responder a las expectativas de su entorno mientras experimenta un nivel elevado de esfuerzo, autovigilancia o agotamiento.

Reconocer esta posibilidad no significa patologizar la diferencia, significa realizar una evaluación más completa.

La identificación adecuada de la neurodivergencia en mujeres no requiere construir un nuevo perfil femenino universal. Requiere aceptar la heterogeneidad, revisar los sesgos de los modelos tradicionales, escuchar la experiencia de las propias mujeres y comprender que la conducta observable constituye solamente una parte del funcionamiento psicológico.

Porque, en ocasiones, lo que parece ausencia de dificultad puede ser precisamente el resultado de años de aprender a adaptarse.

Y comprender esa diferencia puede cambiar no solamente la manera en que se realiza una evaluación, sino también la manera en que una persona aprende a comprenderse a sí misma.

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