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“La niña que aprendió a cuidar: cuando la adultez llega demasiado pronto”.

  • psicologo1tp
  • hace 7 días
  • 3 Min. de lectura

Hay niñas que no jugaron a ser grandes. Lo fueron.

 

Desde muy temprano aprendieron a observar, a anticiparse, a hacerse cargo. A los once años a veces antes ya sabían cuidar hermanos, calmar emociones y resolver lo que nadie más podía. No porque quisieran, sino porque el entorno lo necesitaba. En muchos hogares, esas niñas se convirtieron en un sostén silencioso.

Desde fuera, suelen ser descritas como maduras, responsables o fuertes. Desde dentro, muchas veces fueron niñas que entendieron demasiado pronto que no había espacio para ser pequeñas.

En psicología, a esta experiencia se le conoce como parentificación: una dinámica en la que un niño o una niña asume funciones emocionales o prácticas que corresponden al mundo adulto. Puede manifestarse al cuidar hermanos, sostener emocionalmente a los padres, mediar conflictos familiares o aprender a no necesitar para no convertirse en una carga.


Es importante decirlo con claridad: estas dinámicas no surgen por falta de amor ni por mala intención. Aparecen en contextos de necesidad, como duelos, carencias económicas, migraciones, enfermedad o ausencia de redes de apoyo. Muchos padres hacen lo mejor que pueden con los recursos que tienen. Sin embargo, que haya sido necesario no significa que no haya tenido un costo emocional.


Las niñas que crecieron cuidando desarrollan habilidades valiosas: una gran empatía, sentido de responsabilidad, capacidad de organización y una sensibilidad especial hacia las necesidades ajenas. Son cualidades que en la adultez suelen ser reconocidas y valoradas. Pero mientras aprendían a cuidar, muchas dejaron de ser cuidadas.

 

Entre lo que suele perderse en este proceso están el derecho a depender, el permiso para equivocarse, el contacto con la propia necesidad y el espacio para el juego libre. Aprenden a estar atentas a los demás, pero desconectadas de sí mismas. La infancia no desaparece: se adapta.


Lo que se aprende temprano no se queda en el pasado; se convierte en patrón. En la vida adulta, estas niñas suelen transformarse en personas que se sienten responsables del bienestar emocional de otros, a quienes les cuesta pedir ayuda y que confunden amor con sacrificio. Con frecuencia eligen relaciones donde vuelven a ocupar el rol de quien sostiene, acompaña o rescata. Muchas llegan al espacio terapéutico con una sensación persistente de cansancio emocional, con dificultad para descansar sin culpa y con la impresión de que siempre deben estar disponibles. No se trata de debilidad ni de falta de límites, sino de un sistema nervioso que aprendió que estar en alerta era la forma de mantener el vínculo y la seguridad.


Una frase común en estas personas es: “Siempre he sido fuerte, pero ya estoy cansada.” Y es que el cuerpo adulto sigue cargando una infancia que no tuvo descanso.




Socialmente, solemos celebrar a estas niñas. Las llamamos ejemplares, maduras, confiables. Pero pocas veces nos preguntamos qué no pudieron ser. La fortaleza temprana no es madurez; es adaptación. Y adaptarse salva, pero también deja huella.



Reconocer esto no implica culpar a los padres ni rechazar la historia familiar. Implica mirarla con honestidad y comprender que muchas dinámicas se repiten de generación en generación sin ser cuestionadas. Nombrar la herida es el primer paso para transformarla.


Al iniciar un proceso de sanación, un temor frecuente es pensar que sanar significa dejar de ser empática, responsable o amorosa. En realidad, sanar implica algo distinto: aprender a incluirse. Cuidar sin cargarse, acompañar sin anularse, poner límites sin culpa.

  

Sanar es distinguir entre responsabilidad y sobrecarga. Es permitir que otros se hagan cargo de sí mismos. Es dejar de medir el propio valor por la capacidad de sostener a los demás. No se trata de endurecerse, sino de suavizar la autoexigencia.

Y recuerda: la niña que cuidó no está rota. Hizo lo que pudo para sobrevivir. Hoy, como adulta, puede aprender algo nuevo: que el amor no se demuestra solo sosteniendo, que pedir ayuda no es fallar y que ella también merece ser cuidada.


Porque sanar no es dejar de amar a los demás. Es, por fin, dejar de olvidarse de sí misma.



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